La Alaska española

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Es ampliamente conocido que Alaska fue territorio ruso antes de su incorporación a los Estados Unidos en el año 1867, pero ¿sabías que casi un siglo antes de esto ocurriese los españoles reclamaron la soberanía sobre todo el Noroeste del Pacífico con base en normas de Derecho Internacional y que esto dio pie a un conflicto por el cual casi van a la guerra contra Inglaterra y Rusia? En este artículo se reseña la historia de las pretensiones colonizadoras de España en suelo alasqueño.

Fundamento legal de España para ejercer la soberanía sobre Alaska

El 4 de mayo de 1493, poco después del regreso de Colón a España tras haber descubierto América, el Papa Alejandro VI decretó la Bula Papal Menor Inter Caetera, en la cual fijó un meridiano entre los polos norte y sur, señalando que todas las tierras descubiertas al oeste de dicho meridiano pertenecían a los reinos de  Castilla y Aragón.

Este fue el instrumento legal con el cual los españoles fundamentaron la conquista de gran parte del continente americano, uniéndoseles luego los portugueses en virtud del Tratado de Tordesillas, suscrito en 1494 por los reyes católicos y el de Portugal. A pesar de la existencia de estos instrumentos legales,  en el siglo XVI se sumaron a la conquista de América los franceses, holandeses y alemanes. En el siglo XVII, hicieron lo propio los suecos, rusos y británicos. Finalmente, en el siglo XVIII vino el turno de los daneses en ese sentido.

Por lo que se refiere a Alaska, cuenta la Historia que los primeros europeos que pusieron pie en sus tierras (y en la costa noroccidental americana en general) fueron los rusos, lo cual lograron luego de dos expediciones oficiales comandadas por Vito Bering (de quien recibe su nombre el Estrecho de Bering y que falleció durante la segunda de estas expediciones).  Esto tuvo lugar en el año 1742 en el Archipiélago Alexander.

El comercio de pieles en el Noroeste del Pacífico

Luego de esto, la tripulación de Bering regresó a Rusia llevando consigo pieles de nutria, las cuales fueron consideradas las más finas del mundo, por lo que decidieron comerciarlas. Con este propósito se asentó el primero de muchos establecimientos rusos en Alaska, lo cual devino en la constitución de la América Rusa (1733-1867), que comprendía el territorio alasqueño y algunos asentamientos en California, y la creación de la Compañía Ruso-Americana (1799-1867) que monopolizó el comercio peletero de la zona.

Ahora bien, los franceses ya venían comercializando pieles (de castor) en Norteamérica dos siglos antes que los rusos en el territorio del Virreinato de Nueva Francia (1534-1763) desde la década de 1580. Sin embargo, no fue sino hasta 1604 cuando los galos lograron asentarse en suelo norteamericano con motivo del monopolio comercial concedido por Enrique IV de Francia a Pierre Dugua, monopolio que luego pasó respectivamente a manos de las empresas Compagnie des Marchands (1613-1620), Compagnie de Montmorency (1621-1627) y la Compagnie de la Nouvelle-France (1627-1663).

Durante el ejercicio económico de la Compagnie de la Nouvelle-France, los franceses Pierre-Esprit Radisson y Médard des Groseilliers solicitaron permiso al gobernador francés de la época,  Marquis D’Argenson, para explorar el norte y oeste del Lago Superior, ya que nativos de la zona les informaron que había un lago congelado en el que podían conseguirse las pieles más finas. Ese permiso les fue negado por dicho gobernador al considerar que ello podía poner en riesgo el comercio de pieles que tenía lugar en el Río San Lorenzo.

Radisson y Groseilliers obviaron tal negativa y fueron a explorar la Bahía de Hudson, donde comprobaron la veracidad de los rumores señalados, ya que volvieron a sus hogares con pieles de altísima calidad, pero fueron multados y apresados además de que les confiscaron esas sus pieles por contravenir lo ordenado por D’Argenson. No conformes con esto, buscaron apoyo de los ingleses para financiar su idea de establecer el comercio peletero en la Bahía de Hudson.

Dicho apoyo finalmente les fue dado por el rey Charles II de Inglaterra, pues luego de varias expediciones con barcos británicos en las que se llevó a cabo dicho comercio exitosamente se creó mediante una carta real la Hudson Bay Company, otorgándosele además a dicha empresa el monopolio sobre la región drenada por los ríos y arroyos que desembocan en la bahía de Hudson, en el norte de Canadá.

Las expediciones, actos de soberanía y topónimos españoles a Alaska

Por otro lado, ante los rumores por la presencia de rusos e ingleses comercializando pieles en el Noroeste del Pacífico y las costas de Alaska, España ordenó la realización de una serie de expediciones con el fin de establecer su soberanía sobre esas tierras, siendo la primera de las mismas el viaje de Juan José Pérez Hernández (1774). Aunque el destino final de esta expedición era Alaska a los 60º de latitud norte (donde se ubica actualmente Córdova, Alaska), a causa de la falta de provisiones y mala salud de su tripulación, Pérez solo llegó hasta la isla de Langara, ubicada a unos 49.6º de latitud norte, donde no desembarcó debido el mal tiempo, pero sí interactuó con los nativos Haida.

Desde allí, viró al sur y llegó a la isla de Nutka el 7 de agosto de 1774 donde hubo otro intercambio comercial con los nativos de la zona pero tampoco desembarcó. En este viaje se creó el primer topónimo español en el Noroeste del Pacífico: el área que hoy en día es designada como Monte Olympus en Washington, Estados Unidos, fue denominada por Pérez el “Cerro Nevado de Santa Rosalía”.

Durante una segunda expedición, esta vez a cargo de Bruno de Heceta (1775), Juan Manuel de Ayala y Francisco de la Bodega y Quadra. Este viaje fue la primera ocasión en que un europeo ingresó en la Bahía de San Francisco. Ahí se designaron los siguientes topónimos: Punta de los Mártires (hoy llamado Punto Greenville), Puerto de Bucareli (Bahía de Bucareli), Puerto de los Remedios y Cerro San Jacinto, este último designado posteriormente como Mount Edgecumbe por el explorador británico James Cook tres años después. En este viaje llegaron hasta Sitka, Alaska.

Luego, tuvo lugar una tercera expedición, comandada también por Francisco de la Bodega y Quadra (1779) acompañado esta vez por Ignacio Arteaga. Dicha expedición tuvo como objetivo que se indagase el alcance de la ocupación rusa en Alaska, encontrar el Paso del Noroeste (la ruta marítima que une al océano Atlántico con el Pacífico, bordeando América del Nortea) y capturar al explorador inglés James Cook en caso de encontrársele en aguas españolas. A pesar de las muchas enfermedades padecidas por la tripulación de esta expedición, en la misma se alcanzó una latitud de 61º, siendo éste el punto más septentrional que los españoles alcanzaron en Alaska.

Las expediciones a Alaska se reanudaron cinco años después que se celebrase el Tratado de París (1783), el cual puso fin a la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, conflicto en el que España fue aliada de las Trece Colonias. Así, tuvo lugar entonces la expedición a cargo de Esteban José Martínez y Gonzálo López de Haro (1788), quienes llegaron a Prince William Sound en mayo de ese año, nuevamente tras la pista del comercio peletero ruso.

Un mes después, Haro llegó a la Isla de Kodiak, donde nativos de la misma le informaron sobre la existencia de un puesto ruso en Three Saints Bay. Fue entonces cuando los españoles se pusieron finalmente en contacto con los rusos, específicamente un contingente de este país liderado por Evstrat Delarov, quien les otorgó un mapa que ilustraba la ubicación de siete puestos rusos en la zona, ocupados por cerca de 500 hombres. Asimismo, Delarov informó a los españoles sobre las pretensiones rusas de ocupar la isla de Nutka durante el año siguiente.

En este viaje los españoles visitaron Unalaska, el punto más occidental que alcanzaron en todas sus expediciones a Alaska y preparó el escenario para la Crisis de Nutka, conocida igualmente como el Armamento Español. En efecto, dada la amenaza de ocupación rusa en Nutka, el entonces Virrey de La Nueva España, Manuel Antonio Flórez, ordenó a  Martínez y Haro que construyeran un asentamiento en ese territorio, con la finalidad de afirmar la soberanía de España sobre el mismo.

La Crisis de Nutka

Por esta razón, una vez que Martínez llegó a la isla de Nutka el día 5 de mayo de 1789 tomó el barco Iphigenia Nubiana propiedad del británico John Meares y apresó a William Douglas, el capitan del mismo, liberándolo unos días después tras advertirle que debía irse y no regresar. Posteriormente, durante el verano llegaron otros barcos, también pertenecientes a Meares. Dichos barcos fueron incautados con fundamento en la violación de normas de comercio marítimo español. Al enterarse de lo ocurrido, Meares, que estaba en China, partió a Inglaterra, llegando a dicho país en 1790.

Una vez ahí, alegó que había comprado unas tierras en la costa de Friendly Cove en Nutka Sound a Maquinna, jefe de la tribu Nuu-chah-nulth (aunque esto fue posteriormente desmentido por el referido nativo), y que en estas tierras construyó un establecimiento antes de que Martínez construyera el suyo. Por último, denunció las pérdidas económicas sufridas por su empresa.

Los ingleses, además, sostenían tener derechos previos al Noroeste del Pacífico en virtud de las exploraciones hechas en la zona por sus emisarios Francis Drake (1577-1580) y James Cook (1776-1779). Por ello, en mayo de 1790, la Cámara de los Comunes del Parlamento Inglés discutió el asunto y entregó un ultimátum a España, país que consideró ir a la guerra en caso de contar con el auxilio de Francia, pues estas naciones ya se habían apoyado en conflictos bélicos anteriores en virtud de los Pactos de Familia suscritos por sus monarcas en 1733, 1743 y 1761, respectivamente, siempre con la finalidad de aliarse en contra del Reino de Gran Bretaña.

Sin embargo, los acontecimientos ocurridos en la Crisis de Nutka ocurrieron en plena Restauración francesa. Por esta razón, aunque Luis XVI habría apoyado a España en una guerra causada por el conflicto en cuestión, la Asamblea Nacional Constituyente Francesa estableció que a pesar de que iniciar la guerra era una potestad del rey, dicha declaración debía ser ratificada por el señalado poder constituyente, lo cual nunca ocurrió.

Por ello, España e Inglaterra celebraron las Convenciones de Nutka (1790, 1793 y 1794), en virtud de las cuales no solamente España debió compensar a Meares por los daños que le causó, sino que también abrieron las puertas para la colonización británica desde Oregón hasta Alaska, poniendo así fin a 300 años de soberanía exclusiva a los españoles sobre este territorio por virtud de instrumentos legales. Luego de esto, se realizaron las últimas expediciones españolas a Alaska:

Las últimas expediciones españolas en Alaska

Alejandro Malaspina y José de Bustamante (1789-1794) hicieron una expedición de carácter científico a nivel mundial en la cual visitaron el Pasaje del Noroeste buscando piedras preciosas así como para investigar la presencia de asentamientos británicos y rusos en la zona. Bordearon la costa de Prince William Sound y posteriormente hicieron contacto con los Tlingit en Yakutat Bay, cuya cultura estudiaron. En honor a Malaspina se designó otro topónimo español en Alaska: el glaciar Malaspina, ubicado entre Icy Bay y Yakutat Bay.

En la expedición de Salvador Fidalgo (1790) se le dio nombre a Cordova Bay y Port Valdez, haciendo los respectivos actos de soberanía, además de hacer valer el reclamo español del asentamiento ruso Alexandrovsk, hoy día denominado Nanwalek, Alaska.

Asimismo,  Jacinto Camaño (1792) exploró el sur de la Isla Príncipe de Gales, designando topónimos españoles, algunos de los cuáles aun existen: Revillagigedo Channel, Cordova Bay, Zayas Island (en honor a Juan Zayas, su segundo piloto) Caamaño Passage y Bocas de Quadra. Finalmente, por virtud del Tratado Adams-Onís (1819), España se retiró del Noroeste del Pacífico y transfirió sus reclamos con respecto a la región a los Estados Unidos.

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